¿Realmente es intolerancia a la lactosa? Lo que la microbiota puede explicar

Hinchazón, gases, dolor abdominal o diarrea después de consumir lácteos suelen llevar a una conclusión rápida: “soy intolerante a la lactosa”. Sin embargo, desde la gastroenterología y la nutrición se sabe que malabsorción e intolerancia a la lactosa no son sinónimos.

La malabsorción ocurre cuando existe una capacidad reducida para digerir o absorber la lactosa. La intolerancia, en cambio, implica la aparición de síntomas asociados a su consumo. De hecho, muchas personas con malabsorción no necesariamente presentan síntomas y la percepción de intolerancia puede no correlacionarse perfectamente con las pruebas diagnósticas.

La lactosa no actúa igual en todos los intestinos

La lactosa es un disacárido presente naturalmente en la leche y su digestión depende principalmente de la enzima lactasa. Cuando esta actividad es insuficiente, parte de la lactosa llega al colon y es fermentada por la microbiota intestinal.

Durante este proceso se producen ácidos grasos de cadena corta y gases, y dependiendo de factores individuales pueden aparecer distensión, flatulencia, dolor abdominal o diarrea.

Pero aquí está uno de los puntos más interesantes para comprender la tolerancia: la cantidad de lactosa no es el único factor determinante.

El tipo de lácteo, la cantidad consumida, la velocidad del vaciamiento gástrico, el consumo junto a otros alimentos, la sensibilidad visceral y las interacciones con el microbiota intestinal pueden modificar la respuesta de cada persona.

Incluso el consumo de 0,5 a 7 g de lactosa no siempre genera síntomas en la mayoría de las personas con malabsorción, evidenciando que existe un umbral individual de tolerancia.

¿Qué papel juega la microbiota?

Cuando la lactosa alcanza el colon, se convierte en sustrato para las bacterias intestinales. La capacidad de fermentación y la composición de esta comunidad microbiana pueden influir en cómo se procesa la lactosa y, por tanto, en la respuesta digestiva.

Incluso, el documento plantea que la reintroducción progresiva y controlada de lactosa puede ayudar a identificar el umbral individual de tolerancia y que los fermentos lácticos y determinadas modificaciones dietéticas pueden contribuir a mejorarlo.

Esto nos deja una conclusión importante: no todos los pacientes que presentan síntomas después de consumir lácteos necesitan exactamente la misma estrategia nutricional.

Dos necesidades. Dos propuestas KEIF.

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La clave no es eliminar por eliminar. Es entender.

La evidencia nos recuerda que la tolerancia a los lácteos es individual y está determinada por múltiples variables. Por eso, ante síntomas recurrentes, el primer paso debería ser identificar la causa y establecer un diagnóstico adecuado, de la mano de un especialista.

En KEIF creemos que la innovación empieza justamente ahí: entender la diversidad de necesidades para desarrollar opciones que acompañen diferentes estilos de vida y formas de cuidar la salud.

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